((( escribir )))
Escribir significa hacer un borrador tosco y pulirlo a lo largo de un período de tiempo considerable.
Seymour Papert
El voto
Se ha tomado el voto para la mayordomía del siguiente año. Hay alegría en el rostro, el siguiente año cuando se deje el voto este será el doble o más. Es la fiesta del Señor de Huancas, la versión chachapoyana de nuestro Cristo Moreno de Lima, nuestro Señor de los Temblores de Cusco y nuestro cauitivito Piurano. Al fondo, sonriente un parroquiano pretende arrebatar tan suculento voto para un mundano lonchecito.
La Diablada, el diablo y la diablilla
La Diablada se originó durante la época colonial en Oruro, que era territorio del Virreinato del Perú. La Diablada es una danza que se ejecuta a lo largo de todo el altiplano. Allí un aimara, antes de ponerse a pensar si es de Bolivia o Perú, primero piensa que es aimara y punto. El aimara es lengua común en Bolivia y Perú y creánme, es tan variado este folklore que las diabladas toman sus formas y vericuetos cómo los cebiches asumen sus diversas formas en el oriente peruano con paiche, achori y pendejeretes en el Llauca, con sarandaja y chifles en el norte y choclo con camotito en Islay. Así de diversa también es nuestra diablada y sus diablados.
Motorola y la primera comunicación desde la luna
“¡Mira… esto es historia!” Con esa frase que salió de los labios de mi padre me iniciaba formalmente como actor de la Historia. Esa mañana de 1969 me había sacado raudamente del dormitorio y puesto frente al televisor Philips blanco y negro, a tubos y de 21″. Yo era un inquieto niño de cinco años a punto de cumplir seis y como todo niño de la época aspiraba a tener mi casco de Moraveco y poder viajar a la luna. directo y sin escalas. Así que la idea de ver al hombre llegar a la luna era algo que hacía días daba vueltas por mi mente.
La imagen de la tele no era muy definida y el ruido de la transmisión no dejaba escuchar con nitidez las memorables palabras de Amstrong. “Es increíble como se comunican. El Apolo tiene instalado un Motorola, gracias a él podemos ver y escuchar desde la luna”. Sentenció mi padre con total autoridad y dominio del tema. ¿Motorola? ¿Motorola? La palabra me sonó a motocicleta psicodélica o a moto que rola, mientras veía cómo con lentitud Neil Amnstrong pisaba suelo lunar y rebotaba haciendo oingo boingo. Esa mañana viaje imaginariamente en el Apollo 11, me moví en gravedad cero, saludé a las cámaras mientras las especificaciones del tipo de comunicación y los dispositivos de radio eran descritos por mi padre con lujo y precisión de detalles. No le interesaba si tenía espectadores para su disertación, bastaba que alguien le siga la mirada aunque nada entienda para hacerlo sentir feliz y desbordar en un jarabe de lengua tecnológico que me iba envolviendo y acompañando en mi alucinado viaje por el espacio lunar.
Creo que desde allí se fue construyendo una admiración por los equipos Motorola. Tal vez por ello, cuando me encontré con el primer celular en Lima (esos alucinates ladrillos que podían servirte de comba), mientras otros exclamaban asombro, a mi no me generó ni la más mínima sorpresa, impacto o seducción. Me bastaba la hazaña de Motorola en 1969 y las largas explicaciones técnicas de mi padre.
La llegada a la luna es para mi sinómino de transmisión vía satélite, de comunicación radial, de magia y sortelegios en la pantalla de una televisor. Ese hecho cambió la vida de nosotros los niños. Empezamos a coleccionar compulsivamente fotos de diarios, revistas y cuanto suplemento se publicaba sobre carrera aeroespacial. No teníamos Twitter para saber que pasaba, ni tampoco cable. Igual nos bastaba alguna noticia para ser registrada en el cerebro y cogernos de ella hasta sacarle el jugo.
El final de los años sesenta será inolvidable. La máquina que volaba y llegaba a la luna, desde donde podía saltar la veces que yo quiera imaginando el polvo lunar tocado por mis manos e iluminado por mi casco de Moraveco. Hoy cuarenta años después Motorola lanza un celular para conmemorar ese hecho: el primer AURA™ Celestial Edition de Motorola, que será entregado al legendario astronauta Neil Armstrong. Esta edición de lujo y limitada ofrece contenido original y exclusivo de la NASA sobre la llegada del hombre a la luna; incluye videos, fotogramas y archivos de sonido de frases que quedarán en la historia, tales como “El águila ha aterrizado” y “Este es un pequeño paso para el hombre y un gran salto para la humanidad” (con ruidito y la interferencia de los años maravillosos). El equipo incluye la leyenda “Motorola AURA Celestial Edition, Honouring the Apollo 11 mission, 20th July 1969” grabada en láser de precisión y, para completar la historia, la caja de presentación incluye nueve postales especialmente diseñadas.
Si de niño soñaba con mi casco Moraveco y mi Apollo 11 a escala hoy sueño con mi AURA™ Celestial Edition ¡Mamaaaaaaá… cooooooompramé mi Motorola!
Un domingo con Jacko
La tarde de hoy jueves la pasé escuchando a Michael Jackson. Me aburren los especiales que con rimbombancia y gran interés mercantil llevan adelante la emisoras. Al igual que con la muerte de Lennon, allá por el mes de diciembre de 1980 (al día siguiente de su deceso y sin conocer lo sucedido) empecé muy temprano esa mañana del 9 de diciembre mi cachuelo de repartir regalos navideños a los clientes de una empresa distribuidora de autos. Durante todo ese día escuché un cassette de Sir Jhon Winston Lennon, mientras hacía oído sordo a los “homenajes” que las emisoras emitían repetiendo hasta el aburrimiento “Women” del LP “Double Fantasy”.
Lo mismo ocurrió hoy domingo luego de cuatro días de su desaparición física. Si bien es cierto mis gustos musicales son muy cercanos a la música cubana. La música del Rey del Pop corresponde a una etapa de mi vida escolar. “Jacko” es un genio del pop y esos animales raros son dignos de admiración. Por lo que representan para la cultura popular, por sus excentricidades y la manera de vivir o dejar de existir.
Mi hermano Koky Vega me envió un enlace que transcribo. Es conmovedor y nos permite acercarnos a este genio. Pero en mis oídos todavía suenan las palabras de mi hijo de ocho años que por teléfono me contaba que Michael Jackson había muerto y sentenciaba: “Papá, él ha muerto por querer ser blanco”.
Una multitud reunida frente al teatro Apolo, en el barrio neoyorquino de Harlem, corea canciones de Michael Jackson al son de un radiocasete.
El bautismo de Jacko
Un mito de la música popular
Por Elvira Lindo del Diario El País de España
Caminaba a media tarde por Midtown Manhattan y el nombre de Michael Jackson llegó varias veces a mis oídos. Al rato, un amigo me dijo que acababa de escuchar en las calles del Soho que Jackson había muerto. Pero, ¿quién podía creérselo? Hacía tantos años que la presencia pública del cantante se había deslizado hacia una patológica excentricidad que morirse era, en su caso, una fatalidad que le puede ocurrir a cualquier individuo corriente.
Nueva York no es Los Ángeles, aquí los ricos son, sin duda, tan locos como los de la Costa Oeste pero más discretos. Dentro de la particular sociología neoyorquina que, con los años, una cree captar, la extravagancia de Jackson, tan refractaria al contacto con otros seres humanos, poco tenía que ver con los extravagantes neoyorquinos que, millonarios o no, se mezclan con cualquiera en cualquier esquina. Pero la muerte hace brillar la esencia y, al margen de que a Jackson se le considerara el loco de atar que agitaba bebés por la ventana, se sometía a operaciones quirúrgicas que desfiguraban su rostro y vivía en un parque de atracciones, hay algo que cualquier estadounidense respeta, sea del Medio Oeste, de California o de esta ciudad única que es Nueva York: el ritmo. El ritmo es un don al que se rinde el músico, el presidente y el hombre de la calle. América es el ritmo. Y Jackson estaba sobrado de él. Así que cuando finalmente se confirmó que el más pequeño de los Jackson Five había muerto de un paro cardíaco, decenas de espontáneos se arremolinaron bajo las pantallas gigantes de Times Square en las que se proyectaban imágenes de sus videoclips más memorables; otros ciudadanos, dispuestos a hacerle un duelo más profundo, hicieron cola a las puertas del teatro Apolo, en el corazón de Harlem, para que quedara constancia de que uno de los suyos había muerto.
La muerte pone las cosas en su sitio: Michael Jackson era negro. A pesar de la renuncia pública a su nariz africana y de sus esfuerzos por aclararse la piel (no he llegado a saber nunca si se trataba de una enfermedad o una manía), Jackson era negro. Y los negros hacen suyos a sus muertos. Harlem le rindió un homenaje en el teatro donde se convirtieron en celebridades los negros del jazz en los tiempos en los que se les tenía prohibido tocar o cantar en lugares de blancos. De ahí que esa despedida popular en el templo de la música negra tuviera un carácter más de recibimiento que de adiós definitivo. A la hora de recapitular sus fallos y sus aciertos lo que queda es la música y la música aquí es sagrada.
Jackson era negro. Segregar la música por razas es injusto e inapropiado pero no se trata de razas, hay que explicarlo, sino de cultura, de cultura negra, y ésa es la que mamó el pequeño de los Jackson Five. Tienen razón los que dicen que antes hubo otros, que Jackson fue más mediático pero que no se puede obviar a James Brown; tiene razón Diego A. Manrique al afirmar que fue el gran aglutinador de las distintas corrientes del pop. Pero eso no le resta mérito. Su capacidad de conectar con el ritmo interior del pueblo, su habilidad para hacer bailar a la gente, para inventarse una coreografía que está ya interiorizada por todos los ciudadanos americanos (y del mundo), su maestría en hacer música popular, esa música que tiene la cualidad de metérsete dentro, como si te la tragaras, es indudable.
Ayer Harlem le perdonó su wonderland, su nariz operada, su ridículo pelo alisado, la falta de empatía que tenía con el público que le había alzado. Le perdonó sus bobadas de rico desequilibrado, caprichoso, tan alejado de su origen humilde, tan distinto de esa otra estrella memorable que es Stevie Wonder. Ayer el Apollo, que tiene algo más de templo que de teatro, celebró un bautizo más que un entierro. Bautizaban a Jacko, ese chico tanto tiempo perdido en el universo de las celebridades desequilibradas.
Jacko, que, irónicamente, rima con Wacko, el insulto más apropiado para él y el más ofensivo: loco de atar.
Crazy Combi
Acabo de jugar “Crazy Combi” un juego en Facebook que hoy domingo 28 de junio debe estar bordeando al jugador 100,000. Según la empresa Invertarte se calcula que hay alrededor de 850,000 usuarios Facebook peruanos. De ser así en un poco más de tres días de aparición del juego se estaría alcanzando a más del 10% de la “población peruana en Facebook”.
Probé el juego que según tengo referencias ha participado en este proyecto Santos Ramón. Un grande de las tecnologías en el ámbito local, quien desde muy joven ya hacía travesuras en la red.
El juego tiene un gran potencial. Me imagino que están trabajando duro para darle mayor complejidad a la ruta. Ahí lanzo algunas ideas:
1) Baches (o típicos cráteres lunares limeños, esos donde puedes acampar adentro con todos tus patas).
2) Irresponsable peatón cruzando la pista (imagino que si lo arrolla se acaba el juego con la consiguiente responsabilidad penal de irresponsable chofer) que acaba cómo alfombra en la pista.
3) La música puede cambiar de estación (haciendo es ruidito de las interferencias) y matizarnos con otros temas éxitos (¿se animará algún chichero o chicherito a ceder sus derechos?). Aquí también se puede contar con el auspicio de alguna radio.
4) Bloqueo de pista por construcción, cableado, alcantarillado o mejoras del señor alcalde candidato presidencial (¿Y como funcionaría si aparece una manifestación y tiene cambiar de ruta? ¿conectamos el juego al Google Map de Lima?).
5) Competencia entre dos combis por la ruta.
6) Detenerse en un paradero para recoger datos de datero. Aquí podría darse un puntaje parcial o bonus de acuerdo a algunas referencias en relación a la ruta.
7) Cobrador que saca la cabeza y establece diálogo aleatorio con combi o potenciales pasajeros (esto es para meter chongo)
Paisaje limeño,con sus esquinas, publicidad callejera, paneles, vendedores ambulantes y modernidad propia de las grandes capitales del mundo.
9) Pasajero que pueda subir. El puntaje también considera cantidad de pasajero que pueden subir. Meter una cantidad de gente da puntaje aparte de la velocidad y obstáculos.
10) Sticker en la parte posterior (de radio, del Cusqueño, del nombre de la hijita del chofer o del Señor de Murruhuay.
11) Tombita bien despachada se acerca a poner multa (incorruptible) ¿se pierde puntos?
12) Tombo se acerca a poner multa (corruptible). ¿se pierde puntos?
13) Crear un avatar, para el piloto y para tu causa el cobrador (pensaba también que puede configurarse la música para la ruta, el color de la combi y ruta).
Bueno estas son algunas ideas. Si eres usuario de Facebook búscalo y si te han invitado no lo rechaces.
La seguimos…
Leer más sobre “La fiebre Crazy Combi en Facebook”
KISS en Lima, octubre de 1980

“No se preocupen del vestuario, yo tengo lo que necesitan”. Con estas palabras se ponía fin a una bizantina discusión sobre cómo diseñar el vestuario del grupo Kiss. Internet no existía, así que era imposible poder bajarse fotos para copiar los vestuarios. Nos bastaban algunas pequeñas fotografías extraídas de una revista para ir reconstruyédolo.
El ropero era grande, de ese cedro que los hace inmortales y nos recuerdan a las viejas casonas limeñas que al abrir la puerta emana el clásico olor a naftalina. Nosotros no teníamos conciencia de lo que pretendía hacer la señora, sin embargo con el respeto que se merece la madre de nuestro compañero de trabajo escuchamos atentamente sus puntos de vista. “Esto les va a servir, tiene más de veinte años”. Los adolescentes se miraron sorprendidos y le dijeron que cómo iba a cortar sus vestidos. La señora sonrió y les dijo: “Ya no los uso, además ustedes necesitan tener el mejor vestuario ¿o acaso no son el grupo…? ¿Cómo se llama?”, y al unísono los chibolos corearon ¡Kiss!

Juani tenía una obsesión por las botas. Eran dos grandes bloques y semejantes zapatos no había en el mercado. Adherirle a una suela un ladrillo king kong no era buena opción, usar madera o teknopor podía ser. Sin embargo, el ingenio y largas horas de trabajo hizo posible adaptar una bota recuperada del baúl de la abuela.
Se inició el ritual del centímetro y los cálculos de la costurera. Una vez que se tomaron las medidas al Chino, Pinocho y Atletita de lo que sería el tiro, canesú, panqueques, talle y todo lo necesario para implementar la parafernalia rockera el grupo se fue a ensayar al fondo de la casa de la señora. El cassette se repetía una y otra vez, buscando sincronizar el golpe de batería y el punteo del bajo. Era burdo y aún torpe la fonomímica, pero tenía la certeza que este cuarteto iba a poder lograr hacer que el número final del Pregón quede redondo.
Lugo de casi una semana de intenso trabajo quedó listo el vestuario. Si bien es cierto no predominaba el negro, se empleó un celeste con mostacillas con algo de verde y fucsia. No desentonaban, además ya se había planificado que en un momento de la presentación, la grabación de “I was made for loving you” sería reemplazada por el “Agua del clavelito” de Cuco Valoy. Y allí empezaría el fin de fiesta del Pregón. Los rockeros al inicio no les agradó la idea, pero cómo era un pregón y todo era chongo la aceptaron al final.

Los ensayos cada vez fueron tomando más forma, cómo todos los ensayos del Pregón, donde cada encuentro era una nueva improvisación (sino pregúnteles a los cubanos). A la producción ya casi ni le interesaba que estaban haciendo. Sabía que ese número salía con todo por las ganas y el entusiasmo en los ensayos. Cada vez se improvisaba más y se agregaban nuevos elementos con el afán de hacer más realista, barroca y burlesca la presentación. Hasta que llegó la prueba del vestuario y los zapatos con plataforma que fueron acondicionados, los accesorios y el vestuario quedaron relucientes. Todo estaba listo para la primera presentación de Kiss. Era octubre de 1980 y nadie en su sano juicio se imaginaria que veintinueve años más tarde los podría ver en vivo en el coloso de José Díaz acompañado de sus hijos.
La comedia Joaquín
Imagínense si desea lllevar a la pantalla “La comedia Contreras”, el despliegue de actores y extras que eso llevaría, bueno, sin más preámbulos los invito a disfrutar de “La comedia Joaquín”. Esperamos sus comentarios.
Un final hediondo
Usualmente no transcribo artículos periodísticos, pero este vale la pena. Ha sido tomado de diario Correo de Lima y escrito por Jaime Bayly.
No me gusta penetrar orificios de mujeres y varones. No me gusta introducirme en cuevas, cavernas, túneles pedregosos, alcantarillas. No me gusta hundir mi fatigado colgajo en la baja policía de los individuos de este mundo. No encuentro placer alguno. Me da miedo, angustia y eso que ahora llamen estrés. Soy un enemigo de toda forma de penetración y, por extensión, de toda forma de pene que intente penetrarme.
En efecto, no sólo me disgusta introducir mi desdichada verga comatosa en cualquier orificio humano, seco o lubricado, sino que me disgusta todavía más que alguien, por lo general un varón, intente horadar el reducido y estragado agujero que controlan mis esfínteres para evacuar el vientre, una operación que, con cuarenta y cuatro años ya casi cumplidos, me resulta cada vez más ardua, seguramente por la masiva cantidad de psicotrópicos que están destruyendo mi hígado y mi vida en general, aunque paradójicamente dicha destrucción no parece exenta de placer, reflexión y conocimiento cabal de mis propias miserias.
Lo único cierto a estas alturas es que soy un hombre solo, que no me interesa el sexo en ninguna de sus formas y que estoy condenado a vivir a solas el resto de lo que me quede por vivir, que presiento que no será mucho.
Y no porque me parezca glamoroso o sexy morir joven sino porque ya no encuentro sentido alguno a la vida y siento que hice todo lo poco que tenía que hacer. Lo que confirma, sin la menor duda, que soy un mediocre, un pusilánime, pero un mediocre feliz, con la sensación del deber cumplido.
Lo que me obsesiona últimamente es que lo único seguro en los miles de millones de humanos que poblamos el planeta, en los miles de millones que nos han antecedido y perecido en el caos puro que es la frágil existencia humana, es que el ser humano puede ser bruto o inteligente, emprendedor o haragán, simpático u odioso, puede producir una idea ingeniosa o innovadora o ser un perfecto inútil, puede dejar una contribución valiosa a la humanidad o, lo que es bastante más común, ser una insignificancia ridícula y prescindible en el contexto de la historia de la especie humana, un accidente genético que no sirvió de nada ni mejoró en modo alguno la evolución de los mamíferos parlantes que somos; pero, dentro de esa variedad de monos devenidos hombres que somos, una cosa es segura, irrefutablemente segura: lo que siempre produce el ser humano, no importa su cultura, su religión, su lengua, su sexualidad, es mierda, un montón de mierda, toneladas de mierda. El ser humano es, en efecto, y sin excepción conocida, una máquina de producir mierda. No es muy seguro que sepa producir otras cosas de valor o excelencia, pero sí lo es que a lo largo de su existencia va a producir una masiva, importante cantidad de mierda pestilente, kilos, toneladas de heces y estiércol apestoso. Me pregunto cuánta mierda producirá en promedio un ser humano a lo largo de setenta u ochenta años de vida. Me pregunto cuánto pesará toda esa mierda, en cuántos camiones de remolque cabría. Lo poco que he podido investigar es que un occidental caga en promedio 130 gramos de mierda al día y un africano caga 185 gramos diarios. Calculando la población mundial en unas 6 mil 300 millones de personas cagando sin descanso, podríamos calcular a la ligera (con alto temor a equivocarnos) que los seres humanos producimos alrededor de 950 millones de kilos de mierda cada día. Es mucha mierda. Me pregunto si no sería rigurosamente cierto decir que la mayor parte de los humanos que hemos poblado y poblamos este planeta hemos sido consistentes y porfiados productores de mierda y de nada más que nos sobreviva, salvo aquella mierda que se recicla en el mejor de los casos y contamina, en el peor. Cierto es que hay algunos escritores, pintores, músicos (artistas, como les gusta llamarse a sí mismos), pero la mayor parte de ellos han añadido a su miserable caca humana esa otra forma de mierda procesada y de muy dudoso prestigio intelectual (y cuénteseme por favor entre ellos). Pocos son los que, además de mierda, han dejado a la humanidad algo que posea un cierto valor artístico, una belleza indudable que perdure por siglos y nos conmueva y redima de nuestra condición de productores profesionales de mierda.
Lo que me lleva a un par de cuestiones un tanto descorazonadoras. Una, ¿cuánta mierda puede haber producido la humanidad desde que el hombre descargó el primer mojón en cuclillas y sin papel suavizante a mano?
¿Podría medirse toda esa mierda que el mundo ha producido en siglos de guerras, genocidios, barbaries y felonías, que sólo han confirmado que de mierda estamos hechos y pura mierda somos? Y la otra, que creo que la especie humana, siendo como es una fábrica incesante de mierda, y habiéndose multiplicado en proporciones alarmantes desde las cuevas hasta la modernidad superpoblada, lo que desde luego aumenta de modo considerable el volumen de mierda que depositamos discretamente en desagües, silos, albañales, alcantarillas y a veces sobre tierra firme como los perros o los gatos, está condenada a destruirse, no por el calentamiento global o en una guerra nuclear, sino ahogada en su propio mar de mierda. Veo el futuro con pesimismo: habrá tanta gente cagando y tanta mierda en los ríos y los mares y tantos glaciales derretidos y tan poca agua limpia, que no habrá forma de que la especie humana deje de extinguirse y perecer bajo el peso abrumador de las toneladas de mierda que lo envenenarán todo y acabarán con la poca agua limpia que quede y nos infectarán de las peores enfermedades y de las más resistentes bacterias alojadas en las heces humanas. Siglos de homínidos odiándose y entrematándose en nombre de unos dioses asesinos confirman que somos, ante todo, unos cagones, unos grandísimos cagones, y que tal vez habría más justicia en el mundo si todavía gobernasen, a su despótica manera, los dinosaurios y tiranosaurios. Cagones como somos, máquinas de producir caca como somos, será nuestra propia caca la que acabará con la humanidad. Y no habrá Dios ni juicio final ni castigo a los pecadores, que todos cagamos por igual y si Dios existe, seguro que cagará también y a lo mejor hasta con crisis de estreñimiento, viendo el desmadre que ha creado. Lo que habrá es un planeta entero cubierto de mierda, apestado a baño de estadio, y millones de moscas y cucarachas que habrán de sobrevivirnos y a lo mejor crearán formas de gobierno probablemente menos crueles que la democracia capitalista. Sería justo por eso que la mayoría de los avisos de defunción publicados en los diarios del mundo terminasen de esta honesta manera: Ha muerto Fulanito de Tal. Vivió tantos años. Cagó tantos kilos de mierda. Fuera de eso, no hizo nada que valga la pena de mencionarse. Pero la gente, claro, se esconde para cagar, echa aerosoles para disimular el olor hediondo de sus deposiciones esforzadas, procura ocultar lo que es un hecho cierto e irrebatible: que los seres humanos producimos mierda en todos los casos y muy excepcionalmente alguna buena idea.
Jaime Bayly








